Constanza del Rosario: “Me parece absolutamente medieval seguir discutiendo el tema de la importancia del rol de la moral, como lo primordial en la educación sexual”

La semana pasada la Cámara de Diputados rechazó el proyecto de ley de Educación Sexual Integral por falta de quórum. La iniciativa fue aprobada por 73 votos, 67 en contra y dos abstenciones, y requería de 89 votos. De este modo, el proyecto presentado por la diputada Camila Rojas, que buscaba establecer bases generales para la educación sobre sexualidad y afectividad de menores desde la primera infancia, quedó fuera de discusión y no podrá seguir su trámite legislativo.

Fue un intenso debate donde el argumento principal contra el proyecto fue que los padres son los encargados de educar a sus hijos en esta materia, desde el enfoque moral que ellos decidan.

El resultado de esta discusión parlamentaria pone en evidencia cuán atrasados estamos en materia de educación sexual. Un aporte al país sería, antes de frenar este tipo de iniciativas, realizar encuestas que visibilicen ¿cuántos padres y madres se sienten realmente capacitados para educar en sexualidad a sus hijos?, ¿cuántos desde la primera infancia?, ¿cuántos han educado a la fecha a sus hijos e hijas en sexualidad?, ¿a qué edad comienzan a realizar esta educación sexual?, ¿qué los motiva a iniciarla o postergarla? ¿quién se hace cargo de realizarla? Y, además, ¿cómo afectan en la educación que entregan los sesgos de género y de orientación sexual?

Me parece absolutamente medieval seguir discutiendo el tema de la importancia del rol de la moral como lo primordial en la educación sexual, cuando existe tanta evidencia científica de qué, cómo y cuándo se debe hablar de sexualidad para proteger, guiar y prevenir.

¿Cómo vamos a progresar en Chile si las decisiones políticas se siguen construyendo desde los valores personales y las ideologías de grupo y no a partir de las estadísticas? El primer informe de abuso sexual en niñas, niños y adolescentes en Chile (2015), realizado por el Sename, estableció que el tramo de 4 a 9 años concentra la mayor cantidad de niños y niñas abusadas sexualmente, por lo que una educación sexual que recién comienza en quinto básico llega demasiado tarde.

¿En verdad creen que no hablar de sexualidad es el camino para preservar la integridad de niños y niñas, que a diario están expuestos a contenidos eróticos, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, y a situaciones de acoso y abuso en la calle y especialmente en sus hogares?

En mi consulta como psicóloga, cuántas veces he escuchado en pacientes que sufren por los problemas que experimentan en su vida sexual la frase “a mí nadie me habló de sexualidad”, asociada muchas veces a “es que yo iba en un colegio católico” o “es que en mi casa no se hablan de esas cosas, eran súper rígidos con el tema”. O ¿cuántos comienzan a explicarte sus problemas a partir de la frase: “lo que pasa es que cuando era chica fui abusada y nunca les conté a mis papás”?

A diario veo los resultados de la precaria educación sexual y afectiva en Chile: personas con dificultades para relacionarse en pareja de manera amorosa, sana y corresponsable; relaciones tóxicas y violentas; personas desconectadas de su cuerpo o emociones; personas con dificultades para poner límites o ser empáticas; personas incapaces de disfrutar de su sexualidad o de hacerlo con quien aman; y tantas otras situaciones más de las cuales la bandera de la moralidad no se hace cargo e incluso de manera indirecta fomenta.

Tanto miedo que les da “abrir los ojos”, cuando son los suyos los que parecen estar cerrados: fuimos rankeados en 2015 por la ONU como el país que ofrece la peor educación sexual de Latinoamérica y en 2020 eso sigue importando un huevo. 

Tanto miedo a que se les “imponga un tipo de educación sexual amoral”, cuando en la propuesta de ley se especificaba que el derecho de los padres a decidir sobre la educación sexual de sus hijos se mantiene y sólo se incita a que se inicie antes y se comience a trabajar desde pequeños en temas tan importantes como el autocuidado, el respeto a la diversidad y la igualdad de género.

Soy madre de un niño de 3 años y medio, que ya explora con agrado su cuerpo y le llama la atención el cuerpo de los demás, y debo enseñarle cuáles son las tocaciones buenas e inadecuadas para cuidar de sí y respetar a los otros; que es capaz de ver a una pareja y expresar “se aman, son pololos”; que uno no lastima a quien ama por molesto que esté; que, ante los mismos contenidos sexistas de algunos dibujos animados, escucha con interés cuando le explico sobre la igualdad de género; que juega con muñecas porque algún día él también podría llegar a querer ser papá; y que entiende por lo que ve y con quienes se relaciona; que la diversidad sexual y familiar es parte de la vida.

Así que no me digan que, siendo tan pequeños, no están listos para recibir educación sexual porque en casa crío a un niño sano, consciente y feliz, que cuenta con el privilegio de una mamá que es experta en sexualidad, situación que no se puede dar por sentada porque es la realidad país de cada hogar. De ahí la importancia de que sea parte del currículo de formación docente, preescolar y escolar.

Hay que proteger a nuestros niños y niñas, pero el camino no es el silencio: es la información. No poder dar herramientas y conocimientos para integrar sus vivencias diarias o significar alguna dificultad que estén afrontando, pedir ayuda, poner límites o hablar a tiempo de lo sucedido, pone en riesgo a muchas y muchos y puede marcarlos de por vida.

Negar y reprimir no soluciona nada, pero lamentablemente es la estrategia política de un país que parece que no cree ni invierte en la prevención y que le tiene pavor a la innovación.

El abuso sexual existe, la diversidad sexual existe, los sesgos de género existen y afectan la vida de chilenos y chilenas desde su nacimiento y no a partir de quinto básico. Como parte de una fundación que trabaja a favor de la educación y bienestar socioemocional y sexual, consideramos una falta total de protección y cuidado a nuestros niños y niñas el rechazo a este proyecto de ley. Una muestra más de que, nuevamente, las necesidades valóricas e ideológicas de los adultos se anteponen a las necesidades y capacidades reales de los niños y niñas de nuestro país.

Columna publicada en El Desconcierto.cl